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No somos todos iguales (por suerte)

Las normas y leyes, escritas o no escritas, deberían proteger a las personas como si fuéramos todas iguales, para que podamos ser todas diferentes.

Me sorprende que existan leyes en las que se nombre siquiera que pueda haber personas que sean hombres o mujeres, de unas u otras razas o religiones. Las leyes no deberían nunca describir a las personas, sino solamente deberían describir sus situaciones. Si una persona es maltratada por otra, no importa su color o sexo. Si una persona se encuentra en una situación económica en la que se siente obligada a robar, importa la cantidad de bienes que tiene, o la cantidad y circunstancias de las personas que pueda tener a su cargo, pero no importa su sexo o sus ideas políticas. (Esto puede tener y tiene truco, si las leyes describen con mucha precisión la situación de unas personas concretas a las que quiere beneficiar o perjudicar).

En realidad creo que esas leyes son el reflejo escrito de una realidad, con unas normas no escritas, y muestran el grave cáncer que sufre nuestra sociedad.

Todos somos diferentes. Diferentes en muchas cosas, en muchos ámbitos. Por algún extraño motivo nos empeñamos en agruparnos y clasificarnos por semejanzas. Nos metemos en el grupo de “los hombres”, o en el de “las mujeres”. Nos metemos en el grupo de “los de izquierdas”, o en el de “los de derechas”. Nos metemos en el grupo de “los del Barça”, o en el de “los del Madrid”. Nos metemos en el grupo de “los moros” o en el de “los cristianos”, “windows” o “Linux”, “feos” o “guapos”, “ricos” o “pobres”… Y así, grupo por grupo, pasamos a formar parte de una especie de pequeños clanes que a veces somos capaces de defender a capa y espada (fanatismos).

¡Qué bueno sería si nos sintiéramos a gusto entrando a formar parte de grupos en los que las demás personas fueran diferentes! ¡Cuánto aprenderíamos del resto del grupo! Cuando entramos a formar parte de un grupo en el que todos tenemos algo en común, y no hacemos más que repetirnos las mismas cosas unos a otros, terminamos por creernos esas cosas, y haciéndonos fanáticos de esas ideas. Si entramos en un grupo en el que cada persona piensa de una forma, cada una defiende su idea al mismo tiempo que va haciendo suyas, por lógicas, parte de las ideas del resto, con lo que el grupo como conjunto, así como cada persona individualmente, va tomando una posición que tiene en cuenta muchos más datos.

¿Por qué tanto centrarnos en las semejanzas? ¿No sería mejor centrarse en las diferencias? ¿En qué te diferencias de quienes te rodean? ¿En qué se diferencian quienes te rodean? ¿Podéis complementaros para algo?

Una sociedad sana necesita diversidad. Necesita personas diferentes entre sí que se complementen unas a otras. No necesita personas iguales para crear rebaños de borregos.

 

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